6 de junio de 2011

Érase una vez una chica que se llamaba Jennifer, vivía con sus padres en Inglaterra y era la nieta de la reina Isabel II. Se sentía muy sola porque no le dejaban salir.

Un día, con la excusa de llevarle una caja de joyas a su abuela aprovechó para ir a jugar con varios chicos que había visto en un lago. Dejó la caja a la intemperie, se puso el bañador y fue a bañarse.

Los niños invitaron a Jenny a jugar al escondite, tuvo que contar ella ya que le habían insistido mucho. Jenny aceptó. Se acercó a una piedra y empezó a contar 1, 2, 3,… Cuando abrió los ojos todos los niños habían desaparecido. Jenny cabreada cogió su ropa, se vistió y cuando fue a coger el cofre para llevárselo a su abuela había desaparecido.

Jennifer estaba llorando sobre una piedra cuando apareció un chico llamado Edward: rubio, de ojos azules, musculoso…, que le preguntó que le pasaba. Jenny llorando le contó toda su historia.
Él le dijo que le ayudaría a encontrarlo si a encontrarlo, si a cambio le daba algo que contenía el cofre. La chica aceptó y fueron juntos a buscara los niños.

Caminaron y caminaron hasta encontrar a los niños riéndose en un claro. Los acorralaron y les arrebataron el cofre. Después echaron a correr hasta llegar al final del bosque.

Iban hacia el palacio de Buckinham cuando se hizo de noche.
Edward le dijo que se alejara y se convirtió en lobo.

Él le dijo que se tranquilizara y que le diera el antídoto que estaba en el cofre dentro de un bote rojo.
Jenny lo busco hasta dar con él y se lo dió a Edward . Al beberlo él volvió a ser normal.

Al llegar al palacio de Buckinham fueron corriendo a darle las joyas a su abuela y a pedirle permiso para casarse.

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